Así es. El amor es una hostia por la cara. Las hay más fuertes, menos fuertes. Que te dejan marca, o simplemente un pequeño enrojecimiento. Pero todas tienen algo en común; duelen y te cogen por sorpresa.
Al principio te dejan atontado, sin saber muy bien qué ha pasado. Más que dolor sentimos miedo y necesidad de salir de ahí.
Después se inflama y duele. Cada vez con más intensidad. Sientes como quema, pero con el tiempo pasa. Lo que antes dolía ahora sólo molesta, y lo que antes quemaba ya sólo escuece. Hasta que todo queda reducido a nada.
Sólo las hostias muy fuertes y bien dadas son las que permanecen a pesar del tiempo. Las que duelen y queman constantemente. Las que te quedan atontados el resto de tu vida.
Y qué es el amor sino una hostia bien dada. La hostia de nuestra vida. Esa que duele, que quema, que atonta. Y esa sensación de alivio cuando te ponen un poco de hielo en ella. El conjunto de sensaciones que ésta desencadena, es lo más similar al amor que he visto nunca.
Y pasa que yo quería que me dieras una hostia, y yo dartela de vuelta. No sé si me entiendes.
La hostia más grande de nuestra vida, amor.