Sólo me das motivos para odiarte,
Y si del amor al odio sólo hay un paso
yo voy dando zancadas para estar siempre en el mismo lado.
Pero no sé muy bien en cuál.
Me he mirado en el espejo
y no era yo. O era yo enfadada.
Te pido que me quieras,
pero nunca lo has hecho.
Te pido que me dejes quererte,
y me dejas, a secas.
Y me dejas con la miel en los ojos
y tus labios en otros.
Y me dejas esperándote,
y te marchas como si no fuera a quedarme mirando
mientras te alejas.
Te he dejado los buenos días al lado del despertador que tienes en la mesilla. Junto a las cosquillas en la espalda que te corresponden. Pensé que tal vez lo echarías de menos, y bueno. Yo deseando.
Estoy vomitando las mariposas de mi estómago. Por los ojos. Y una de ellas no para de gritar tu nombre agonizando.
Y se me sale el corazón por la boca cada vez que lo escucho, pero no lo escupo.
Prometo escaparme a Madrid y contarle a la estatua de Bécquer como fue conocerte. Que he besado a la poesía en persona, y que en cada uno de sus poemas apareces entre líneas. Le preguntaré cómo hablaba de ti, cómo sabía que existías si aún no lo hacías.
Prometo pasear por Gran Vía, con tu recuerdo de la mano. Y hacer esos viajes que nunca hicimos y tanto deseamos.
Y besarnos en cada esquina,
en cada paso de cebra,
en cada cabina.
En todos esos sitios a los que nunca fuimos.
Prometo llevar tu ausencia a todos ellos. Y hacernos el amor por los dos. Por ti. Y comernos la boca yo sola.
Hacer todo contigo
sin ti.