Ella siempre está sola.
Las calles la conocen por su forma de andar,
y su predisposición a caminar por los bordes de las aceras,
equilibrista de una vida con muchos contras
Pero en la balanza aparece Ella dando vueltas
con ese vestido de muñeca rota
y todo se torna azul cielo.
Dicen que la han visto bailar con la muerte.
Pisándole los pies, mirándola directamente a los ojos. Sonriendo, como una niña que acaba de hacer alguna travesura y se siente orgullosa de ello.
Pero con esa cara, quién iba a negarle nada.
Lleva en los ojos esa belleza implícita de la tristeza
de la que tanto escribo cada vez que el mar se cuelga de sus pestañas.
Huele a lluvia y tiene las uñas pintadas de negro.
Cría cuervos que le sacaran los ojos a cualquiera que la mire demasiado.
En serio, que me vais a contar a mí de Ella que yo no sepa.
Que yo también sé como agacha la cabeza cuando todo se viene encima como un tsunami lleno de recuerdos.
Y como mira de reojo
si le acaricias la nariz.
Y como se le enrojecen las mejillas
ante un cruce de miradas.
Yo también sé de su risa tonta
por cualquier chorrada
capaz de enamorar
a medio mundo
porque el otro medio no miraba.
Su palabra favorita es eudaimonia
porque sabe que es lo único
que jamás podrá poseer,
aunque a veces la roce con los dedos
como la última luz que entra por la ventana
antes de que la oscuridad inunde sus ojos de nuevo.
He caminado con Ella sobre sus escombros
la he visto caer, destrozarse las rodillas,
hacerse polvo
ser deseo
y cumplirlos.
Soplar,
crear tornados que arrasan ciudades enteras
y luego
sólo
calma.
Yo ya estaba antes de que vosotros escribierais sobre Ella.
Y creedme, toda
absolutamente toda la poesía
sólo ha sido un absurdo intento
de describirla.
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