He de reconocer que siempre fui de lágrima fácil.
Bastaba con poco para que una de ellas resbalara por mi mejilla, haciendo enternecer a todo el que me veia.
Nunca le di demasiada importancia. Llorar nunca me pareció algo malo. Es más, todo lo contrario.
Hasta que llegaste tú.
Con tus despreocupaciones, y tus espacios.
Con tus quédate pero vete pronto.
Tus ataques repentinos de olvídame, pero sígueme pensando.
Es mejor que no nos veamos. Pero haré algo para que sigas viendo mi nombre en algún lado. En el de mi cama, por ejemplo.
Si pero no. Nunca pero sólo contigo.
Y así fue como tus ganas de vivir convirtieron mis ganas de morir en ganas matar.
Y yo tan frágil, y con las medias rotas.
Lo peor de nuestro amor cuando acaba es que no se acaba.
Estoy por coger la maleta, y meterme dentro. O meterte a ti y mandarte lejos. Pero vuelve.
No, ahora llorar no me parece nada bueno. Porque intentando desahogarme, me he ahogado en mis propias lágrimas. Y ojalá ésto sólo fuese una metáfora.
Y me dan ganas de darte una hostia y comerte la boca después.
Esto me pasa por meterme donde no me aman.
Que yo no quiero que seas mío joder. Quiero que seas tuyo pero conmigo.
Eres para echar de comer aparte, y ojalá cenar también.
Y yo, yo soy como el pájaro que tiene la puerta de su jaula abierta, pero no quiere salir porque se ha enamorado de ella.
Y lo nuestro no se acaba nunca, pero yo sí. Y menos mal.
Quiéreme. Quiéreme con tus defectos, con tus espacios. Con tus tiempos. Ámame con la inmortalidad de tus palabras. Con el vacío de tu alma.
Quiéreme. Como quien pide un ratito más en la cama. Un poco más de azúcar en la tarta. Un poco más de veneno en la manzana.
Te estoy sobreviviendo. Ciérrame la boca al salir.
martes, 14 de enero de 2014
Mátame para vivir contigo.
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